¿Por qué es importante sanar nuestras heridas emocionales?
- Karen Mendoza
- 21 oct 2020
- 6 Min. de lectura
A lo largo de nuestra vida experimentamos diferentes y variadas situaciones. Como consecuencia de algunas situaciones desagradables podemos sufrir experiencias dolorosas que nos cuesta más trabajo resolver.

Al igual que las heridas físicas que dejan cicatrices en nuestro cuerpo, las heridas emocionales dejan cicatrices que se pueden ver manifestadas en la actitud y la personalidad de la persona que las padece. Esto ocurre sobre todo cuando dejamos pasar nuestros problemas emocionales, pensando que se resolverán por sí solos con el paso del tiempo.
Las experiencias dolorosas que desarrollamos en el transcurso de nuestra vida conforman nuestras heridas emocionales. Estas heridas pueden ser múltiples y podemos llamarlas de muchas formas: rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia.
Las heridas emocionales se producen cuando un determinado acontecimiento, que involucra algún tipo de amenaza, nos genera una emoción intensa de dolor, rabia, tristeza, miedo, desesperación o pánico, y no lo resolvemos de manera adecuada.
La mayoría de las personas nos preocupamos cuando nos hacemos alguna herida o nos hacemos daño con algo. Tenemos mucho conocimiento acerca de los síntomas físicos que sufrimos, pero ¿qué ocurre cuando tenemos heridas emocionales?
Las heridas siempre salen a flote cuando revivimos experiencias dolorosas similares a las ya vividas. Por ese motivo deben ser tratadas adecuadamente, si no siempre experimentaremos ese mismo dolor, y no sabremos cómo gestionar las experiencias traumáticas futuras.
No obstante, debemos de hacernos conscientes de nuestras heridas emocionales, pues cuanto más tiempo esperemos a sanarlas, más se agravarán. Evitar la herida es seguir desconectado de nosotros mismos. Además, cuando estamos heridos, vivimos de forma constante situaciones que tocan nuestro dolor y hacen que nos pongamos múltiples máscaras para protegernos del miedo que nos genera el revivir ese evento, lo cual nos impide vivir una vida plena y en paz.
Ahora los invito a reflexionar y hacerse esta pregunta:
¿Cuánto tiempo más quieres esperar para resolver o sanar eso que te hace tanto daño en tu vida?
Les daré algunas herramientas para sanar cualquier herida emocional. Les hablo desde el conocimiento teórico y desde mi práctica clínica.
1. Acepta la herida emocional.
De algún modo, nuestra sociedad no termina de aceptar o de asumir esos “dolores del alma”. El primer paso de recuperación es aceptar, observar detalladamente la herida y tomar conciencia sin omitir ningún juicio. Recuerda, ninguna transformación es posible si no aceptamos nuestras heridas emocionales. Cuando se acepta la herida, ésta ya no nos causa tanto dolor o pasa a ser un recuerdo doloroso, pero no nos impide continuar.
Debes comprender que no somos mejores o peores por haber vivido una experiencia dolorosa. Cuando tenemos juicios, culpabilidad, temor, crítica o quejas sobre lo que hacemos o somos, es muestra de que no nos aceptamos. Al toparnos con situaciones similares habremos de repetir patrones de respuesta que nos traen problemas desde hace mucho y nos hacen revivir esa experiencia para reafirmar esa creencia.
Estas heridas emocionales te van a enseñar algo, aunque es probable que te cueste aceptarlo, porque nuestro ego crea una barrera de protección bastante eficaz para ocultar nuestros problemas. Lo cierto es que, normalmente, el ego quiere y cree tomar el camino más fácil, pero en realidad nos complica la vida.
Intentamos esconder la herida que más nos hace sufrir porque tememos mirar de frente a nuestra herida y revivirla. Esto nos hace portar máscaras y agravar las consecuencias del problema que tenemos, pues, entre otras cosas, dejamos de ser nosotros mismos.
2. Abraza tu proceso de recuperación.
Pongamos en práctica la paciencia, la compasión y la comprensión con nosotros mismos. Estas cualidades que desarrollarás para ti mismo, irás desarrollándolas con los demás, lo que alimentará tu bienestar.
Aceptar que el proceso puede ser corto o largo, que puede durar semanas o meses, todo será en medida de la herida, así, que no tengas prisa. En este momento no existe competencia, sino la dedicación, el compromiso y el amor que le voy a depositar a sanar esa herida que durante mucho tiempo me hizo daño y me sentir o crear pensamientos irracionales que solamente me llevaban a sentirme no merecedor, poco valioso o no ser lo suficiente.
Abraza tu proceso de recuperación o transformación, porque una vez que hayas decidido sanar, no volverás a ser el mismo de antes. Ahora tendrás una mejor versión de ti mismo, del mundo y del futuro.
3. Perdona y perdónate.
Quiero hablarles del perdón desde la teoría del Dr. Jon Kabat Zinn, pionero en mindfulness, profesor y director de la Clínica de Reducción del Estrés del Centro Médico de la Universidad de Massachussets.
El Dr. Kabat Zinn hace hincapié en que quien perdona es quien recibe el mayor beneficio. Sin embargo, en nuestra cultura el perdón siempre ha estado orientado hacia los otros, como si el perdón fuera un regalo que le hiciéramos a los demás cuando, en realidad, es uno mismo, cuando perdona, el que recibe el mayor beneficio.
Si realmente comprendiéramos que el perdón es, ante todo, un acto de autocompasión, nos sentiríamos menos inclinados a aferrarnos al resentimiento. Se ha escrito que el resentimiento es como tomar veneno esperando que se muera el enemigo; puede parecer exagerado, pero es así exactamente. El rencor afecta principalmente a quien lo siente, no a su destinatario, y sus efectos dañan considerablemente nuestro equilibrio emocional y nuestra visión del mundo. Su efecto a largo plazo es un emponzoñamiento de nuestra mente y de nuestro corazón, que dañará sin remedio nuestras relaciones, nuestras emociones y nuestro bienestar general.
Es verdad que el perdón no puede ser apresurado ni impuesto, y que nuestro corazón tiene sus propios ritmos a la hora de abrirse y cerrarse, ritmos que hay que respetar. No obstante, también es verdad que, como otros estados profundamente curativos como pueden ser el amor, la compasión y la alegría, se puede cultivar conscientemente
Es importante recordar que perdonar no significa excusar las malas conductas, o que necesitamos interactuar con las personas que nos han hecho daño. La sabiduría ve claramente cuándo una acción dañina o anormal, y cuándo necesitamos protegernos de los que tienen malas intenciones. Pero también entiende que todos somos imperfectos, que todos cometemos errores. Entiende que las personas actúan por ignorancia, inmadurez, miedo o un impulso irracional, y que no debemos juzgar a nadie por sus acciones como si se tuviera el control pleno y consciente de ellas e incluso en los casos en que se es consciente del daño que se provoca, hay que plantear la pregunta: ¿qué ha ocurrido para que pierdan el contacto con su corazón?, ¿qué herida les ha llevado a tener un comportamiento tan frío e insensible?, ¿cuál es su historia?
Cuando perdonamos nos estamos liberando a nosotros mismos, de nuestra propia esclavitud. Nos desprendemos del dolor y el resentimiento que llevábamos cargando como una losa sobre nuestras espaldas, para dar paso a la liberación. Incluso, al perdonar, concluimos esa parte abierta que teníamos con el pasado.
Porque no solo hay que perdonar a los otros, también es conveniente reflexionar sobre aquello que tenemos que perdonarnos a nosotros y, al mismo tiempo, crear otra realidad en donde somos más amorosos y compasivos con nosotros mismos.
Es importante saber que el perdón no tiene que ser un acto verbal. No es solamente una formalidad, sino un estado mental. Perdonar está en cada uno de nosotros, y es un trabajo del espíritu. Para perdonar tenemos, primero que nada, dejar ir, y así podremos volver a sentir ligereza y paz mental.
4. Date el permiso para sentirte molesto con aquellos que alimentaron esa herida.
Cuanto más nos dañen y más profundas sean nuestras heridas, más normal y humano resultará sentir enfado hacia quien nos lastimó, pero date permiso para sentirte molesto con ellos y perdónate.
Si te fuerzas a no hacerlo, acabarás comprimiendo ese dolor y lo convertirás en odio y en resentimiento. Estos sentimientos son extremadamente perjudiciales para nuestra salud emocional.
Un ejercicio que puedes hacer es escribir y narrar el evento tantas veces como sea necesario. Escribir puede ser un acto liberador, porque cada vez lo que escribas poco a poco le quitaras intensidad a la experiencia traumática.
5. Analiza el aprendizaje.
Todas las experiencias, por más dolorosas que sean, esconden un gran aprendizaje. Ante la adversidad pueden ser una oportunidad para transformarnos en personas más fuertes y bellas
La técnica Kintsukuroi es el arte japonés de recomponer lo que se ha roto. Cuando una pieza de cerámica se rompe, los maestros la reparan rellenado las grietas con oro o plata, resaltando de este modo la reconstrucción, porque una pieza reconstruida es símbolo de fragilidad, pero también de fortaleza y de belleza.
Cuando elegimos ver el aprendizaje es, ahí cuando tomamos el control para sobreponernos a la adversidad, transformar el sufrimiento en un aprendizaje de vida, valorar lo que tenemos y apoyarnos en ello para crecer, y aferrarnos a nuestras convicciones, propósitos y sentido vital.
Al final, habrás desarrollado una fortaleza a la que llamamos resiliencia. Que es la capacidad de afrontar la incertidumbre y los cambios de una forma positiva y sana, de superar los fracasos, el daño emocional, y de saber manejar los riesgos, de forma tal, que tras ellos la persona sale fortalecida, reforzada, con nuevos recursos y más aprendizajes.
“No dejes pasar más tiempo para vivir la vida que mereces. Es tiempo de sanar y perdonar. Es tiempo de vivir”
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